Korea del Norte es un agujero negro, pero la gente va despertando

Por FÁTIMA RUIZ (El Mundo.es)

Fue una ‘traidora’ accidental. Hyeonseo Lee (Hyesan, 1980) tenía 17 años y quería saber si Corea del Norte era el paraíso que le habían pintado. Vivir en la frontera la había asomado desde niña a China, un lugar «donde por la noche había luces brillantes en vez de la oscuridad que reinaba en mi país, y donde la gente se teñía el pelo y llevaba vaqueros». La hambruna de los 90 le removió la conciencia.

¿Cómo era posible el hambre en el paraíso? Salió de ‘excursión’ a buscar respuestas. Tenía intención de volver, pero nunca regresó. Ahora, desde el otro lado del espejo, hace memoria de su patria en ‘La chica de los siete nombres’ (Editorial Península).

De niña pensaba que Corea del Norte era «el mejor lugar del mundo».

¿Cómo recuerda su infancia?

Yo era muy feliz porque no sabía cómo era el mundo exterior. Aprendí en la escuela que los dictadores habían salvado nuestra tierra del imperialismo americano. Creía que fuera se vivía una vida terrible y que Corea era un paraíso.

¿Cuándo se dio cuenta de que no era así?

Afortunadamente yo vivía en la frontera y podía captar la señal de televisión china, que veía en secreto. La dictadura no quiere que nadie acceda a esos canales porque en ellos se ve gente con vaqueros o anillos… todo aquello que nos tenían prohibido como objetos capitalistas que llevan a la sociedad a la decadencia y la alejan del comunismo puro.

Corea del Norte sigue siendo un misterio para Occidente. ¿Cómo era su día a día allí?

De lunes a sábado iba a la escuela, donde me enseñaban propaganda. Cuando acababan las clases nos reunían en el patio para practicar taekwondo porque teníamos que tener cuerpos fuertes para luchar contra los ‘bastardos’ americanos. Muchas veces había que echar una mano en el campo, porque los agricultores estaban faltos de manos. Y también cavábamos túneles para protegernos de una supuesta guerra nuclear, porque esos ‘bastardos’ iban a atacar mi país y tendríamos que escondernos bajo la tierra. Así que hacíamos aquellos túneles y yo pensaba: ‘Se nos van a caer encima’. Las estructuras eran muy frágiles, estaban hechas por niños.

Vivía en estado de emergencia permanente…

Mi padre trabajaba en el ejército y en mi familia siempre teníamos una mochila preparada con material para sobrevivir en la montaña, algo de arroz, instrumentos para hacer fuego… porque cuando llegara la guerra no tendríamos tiempo de prepararnos.

¿Qué hacía allí para divertirse una adolescente como usted?

En Corea del Norte no existe el ocio, es un país muy aburrido. No hay alegría. Había un sólo parque de atracciones, en Pyongyang, pero yo sólo pude verlo por la tele. Lo único que hacíamos era estudiar la historia de los Kim, la biblia norcoreana, o leíamos otros libros sobre comunismo, de Marx, Lenin… Además de pasar tiempo con la familia, comiendo… no hacíamos nada. Por la noche se vivía en la oscuridad más absoluta por los cortes eléctricos. Corea es un gran agujero negro.

¿Alguna vez se hablaba de política en su círculo?

No, no era seguro. La gente no sabe lo que pasa ni en el mundo ni en el propio país. Las noticias son sólo propaganda. Además hay muchos espías, no es seguro hablar ni con tu mejor amigo sobre el régimen. No se puede confesar nada íntimo, importante, porque no se puede confiar en el vecino, ni en el marido o mujer siquiera. Nosotros vimos cómo desaparecían familias enteras, por la noche. Las enviaban a campos de presos políticos.

¿Recuerda algún caso concreto de desaparición forzada que tuviera lugar en su entorno?

El padre de un amigo mío, por ejemplo. Su hija ganó un concurso de violín, pero el régimen quiso que la segunda, que venía de una familia importante, se quedara con el primer puesto. A él se le ocurrió decirle a su mejor amigo que el régimen era injusto. _Mi amigo no lo volvió a ver.

¿Cuál es su recuerdo más traumático de aquellos años?

Me obligaron a presenciar una ejecución pública a los siete años. En Corea del Norte es obligatorio asistir a las ejecuciones desde esa edad, algunos niños incluso antes. A veces hasta nos cancelaban las clases para que acudiéramos. La primera vez recuerdo que me asustó que todo el mundo estuviera allí reunido para ver a aquel hombre colgado bajo el puente del tren. Había una multitud. Entonces yo pensaba que estaban ajusticiando a criminales. Pero aún así tuve claro que yo no podía cometer ningún error porque podían matarme. Aprendí cómo todos a vivir en el miedo.

¿Hubo algún desencadenante concreto de su huída?

Para mi fue un shock ver a gente muerta en las calles durante la hambruna de 1997. ¿Cómo era posible aquello en el paraíso? La televisión china que veía por las noches mostraba una vida diferente, aquello parecía fantástico. Y pensé, quizá Corea del Norte no sea el mejor país del mundo. Empecé a tener curiosidad por el mundo exterior y quise ir a China para verlo con mis propios ojos. Al cruzar la frontera no sabía que estaba viviendo mi último día en mi país. Fue un paso valiente el de ir a encontrar respuestas, pero también muy ingenuo. No llevaba dinero ni ropa extra. No sabía que China era tan grande.

Muerto Kim Jong-il, hay nuevo rey en el trono norcoreano. ¿Ha cambiado la situación con Kim Jong-un?

Hay un gran cambio sí, pero para peor. El joven dictador ha aumentado la represión aún más que su padre, las amenazas a disidentes, la persecución… Pero el régimen no puede durar porque Kim Jong-un está ejecutando a demasiados de los suyos. Muchos oficiales están pidiendo asilo en Corea del Sur u otros sitios. Esas ejecuciones debilitan su poder y probablemente acaben provocando que alguien de su círculo lo reemplace.

¿Cree que hay posibilidades de una apertura política?

Sí es posible, porque hay mucha influencia exterior, a través de la frontera, que está filtrándose pese a todas las barreras, canciones de pop, programas televisivos… La gente está empezando a arriesgarse a verlos pese a los castigos, está despertando del lavado cerebral. No el 100% de ciudadanos, pero muchos sí.

¿Hay riesgo de que Kim apriete el botón nuclear?

No lo creo. El dictador no usará las armas nucleares porque sólo las quiere para amedrentar a su pueblo y unirlo contra un enemigo externo.

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